Mikel Rueda

OBSOLESCENCIA EN ARQUITECTURA

Vivimos en una sociedad de consumidores. El cambio de una sociedad de productores -la que fuimos- a una de consumidores lleva implícito una serie de factores que afectan directamente al diseño de objetos. La percepción de la calidad de un diseño deja de basarse en gran medida en su durabilidad para concentrarse sólo en la piel exterior, en la forma percibida. Esto significa que, en cuanto la garantía que por ley un producto ha de ofrecer finalice, el producto, su funcionamiento y su apariencia comienzan a declinar de forma exponencial.

La moda -sobre todo- femenina hace de la tendencia su razón de ser y su mercado. En moda masculina, de momento, no es tan escandaloso, pero muchas firmas y aparatos de propaganda invierten e invertirán más dinero en fomentar dicha moda. Hay muchos millones en juego. En los aparatos electrónicos es dónde se observa la relación producto-garantía en su esplendor. Durante ésta, el comprador no tendrá ningún problema en que su producto funcione como el primer día -uno o dos años- a partir de los cuales si el dispositivo se estropea quedamos a merced de los servicios técnicos respectivos -o de los conocimientos de electrónica de cada uno-. Cada vez se utiliza más la fórmula del refurbished, es decir, devolver el aparato roto fuera de garantía y obtener el mismo modelo de una reparación anterior y en teoría casi como nuevo. Pagando una suma, que en cada vez más casos difiere muy poco de lo que costaría la nueva versión -supuestamente mejorada y actualizada- del dispositivo electrónico. Volver a comprar en definitiva. Cada vez nos aproximamos más a un modelo -llevándolo al extremo- de usar y tirar. Llevamos años ya sustituyendo el tornillo por el remache o las pilas por baterías integradas.

Pero en los productos que venden excelencia, no se ven afectados por ésto. Venden calidad, y la calidad, como diría Max Bill, no es barata. Los suizos saben mucho de ésto. Mantienen su competitividad por calidad de producto, no por coste o volumen. Rolex no te vende un reloj. Te vende una maquinaria atemporal para medir el tiempo. Éstas firmas de relojes hasta la invención del reloj de cuarzo -1969, Seiko-, vendían tecnología, precisión y vanguardia. Con el cuarzo tuvieron que hacerse fuertes y centrar su imagen de marca en otros conceptos, porque objetivamente no podían competir con la tecnología que venía de Oriente en cuanto a precisión se refiere. Se centraron en vender -y ofrecer- calidad. Objetos que se heradarían, que no perderían valor con el paso del tiempo. Lo mismo ocurre con Rolls-Royce o Bentley, saltando a las islas. Coches atemporales, que pasan de generación en generación, por su calidad y cuidado en los detalles.

En arquitectura no hemos llegado a tal extremo. Pero camino llevamos. No es una disciplina ajena al mundo que nos rodea, para lo bueno y para lo malo. Y hoy en día es una disciplina que vive, en general, de la imagen. La arquitectura se está acercando peligrosamente al mundo de la moda. Me explico. Hay elementos en un edificio que son muy importantes. Hacen que dicho edificio no se caiga, que funcione y que sea agradable habitarlo. Cuando Le Corbusier proclamó sus famosos 5 puntos de la arquitectura incluyó la fachada libre en ellos. Una de las consecuencias de eso -a largo plazo, hoy en día- es que la fachada a dejado de ser parte constituyente del núcleo de un edificio, de aquello que es atemporal y permanente, para pasar a ser un elemento piel, transformable y temporal. Como vulgar decoración interior. Imaginaros el mercado qué contento está con está deriva de acontecimientos. Antes si un espacio cambiaba de dueño se cambiaba el color interior, se mapeaba de nuevo el espacio -como si de una prueba de renderizado se tratase- se cambiaba el mobiliario y se acabó. Ahora, de repente, se puede cambiar toda la fachada. Qué filón más bonito se abrirá para tantas empresas, si poco a poco van poniendo caducidad a nuestros edificios, a nuestras viviendas.

Es labor del arquitecto -y no sólo- luchar contra ésto. Pero es complicado a poco que uno eche un vistazo por revistas de arquitectura más o menos de actualidad. La tendencia hacia la generación de pieles parametrizadas, colocadas sobre un elemento completamente ajeno, funcional y estructuralmente, me da bastante miedo. Me refiero a ejemplos como al Broad Museum de Diller Scofidio + Renfro en Los Ángeles, por citar uno. En realidad, lo que se ha producido en un trasvase de los cambios de piel y acabados interiores al exterior, hacia la fachada, sobre todo generado por la aparición de programas de modelado tridimensional y scripts paramétricos durante las últimas dos décadas.

Afortunadamente hay arquitectos y estudios que aún se preocupan por transformar ese núcleo inherente a todo edificio, esas partes permanentes que siempre existen y que con su manipulación logra generar espacios de calidad sin fecha de caducidad. Louis Kahn lo hacía y su arquitectura no ha perdido vigencia. Paulo Mendes da Rocha lo lleva haciendo durante toda su carrera y Christian Kerez recoje el testigo últimamente. Entre otros.

Mikel Rueda Arechederra